
Cuando Ana cortó el teléfono, le temblaban las manos, y la angustia le había dado vuelta el estómago.
Necesitaba algo fuerte. Se dirigió a la mini barra que tenía en el living provista con un buen surtido de bebidas que, de un tiempo a esta parte, rara vez se tocaban. Recorrió las botellas con los dedos, preguntándose qué tomar…hasta que finalmente se decidió por el vodka. - Son las 10.30 hs, mejor tomo algo que no deje mucho olor – pensó, mientras servía un tercio del vaso. Lo tomó casi de un sorbo, y sirvió nuevamente la misma cantidad, al tiempo que agradecía que los chicos estuvieran en la escuela.
Se sentó en el sillón de un cuerpo del rincón, junto a la biblioteca, con la mirada fija en el vaso… dos, cinco, diez minutos?... Finalmente levantó la vista, y recorrió la habitación con la mirada. Donde posara los ojos, veía alguna foto. Sobre el hogar y el modular había varios portarretratos, y en una de las paredes colgaba un grupo de cuadritos de diferentes tamaños. Mudos testimonios de épocas que habían sido felices, y que por los chicos aún no se atrevía a desmantelar. Las imágenes atrajeron los recuerdos. Los momentos importantes de los últimos doce años se agolparon desordenadamente en su cabeza. Se vio vestida de novia, recorriendo el eterno pasillo de la iglesia, y a Carlos esperándola junto al altar; y por un instante volvió a sentir los nervios y la felicidad de ese momento. Sólo por un instante, ya que a esa imagen se superpuso la de Claudia, la secretaria de la empresa con la que Carlos había tenido una historia (según él, sólo un flirteo) cinco años atrás, justo mientras ella le cambiaba pañales a Lucio, y hacía la adaptación al jardín con Martina… Se vio en sala de preparto, bromeando y riendo con Carlos, relajados, felices, esperando la llegada de su primer bebé. Y otra vez, tres años después, igual de relajados pero ya no tan felices, cuando llegó el segundo. Recordó las discusiones que surgieron con el agobio de la rutina, los malos tonos, los reproches, los gritos. Y recordó también cuánto la había apoyado Carlos cuando murió su padre, y cómo lo contuvo ella cuando un cáncer fulminante le arrebató a su único hermano. Las crisis económicas, y de las otras que habían atravesado. Y finalmente, un año atrás, la gran crisis. Esa de la que no supieron salir.
Repasó todo su matrimonio, reviviendo alegrías, temores, broncas y dolores, siempre con una terrible melancolía de fondo…
Se habían casado realmente enamorados, creyendo que era para toda la vida. Aún le costaba comprender por qué las cosas habían salido tan mal. En la repartija de culpas, ella ponía tantos para los dos, pero eso no le servía para ahuyentar el dolor, y la profunda decepción que sentía. De él, de ella misma, de la vida en pareja, de la rutina… Al final, tenía razón ese colega suyo que una vez, hacía años, le había dicho que lo único bueno del matrimonio son los hijos…
De pronto los recuerdos se desvanecieron, y sólo quedó esa espantosa sensación de fracaso, la misma que había aflorado minutos atrás cuando, al teléfono, escuchó a su abogado decir que finalmente había salido la sentencia de divorcio.
Cayó una lágrima, y luego otra, y otra…hasta que un torrente de lágrimas y sollozos se abrió paso entre sus emociones. Lloró por ella, por Carlos, por Lucio y Martina, por los sueños truncos, por la casa que ahora se le antojaba tan grande, por el pobre perro que extrañaba a su dueño, por las fotos que ya era hora de sacar… lloró y lloró hasta que ya no tuvo lágrimas.
Entonces se levantó. Y tras pasar por el baño a refrescarse un poco la cara, se dirigió a la cocina. Era hora de preparar el almuerzo para sus hijos que, como siempre, llegarían famélicos del colegio.
Necesitaba algo fuerte. Se dirigió a la mini barra que tenía en el living provista con un buen surtido de bebidas que, de un tiempo a esta parte, rara vez se tocaban. Recorrió las botellas con los dedos, preguntándose qué tomar…hasta que finalmente se decidió por el vodka. - Son las 10.30 hs, mejor tomo algo que no deje mucho olor – pensó, mientras servía un tercio del vaso. Lo tomó casi de un sorbo, y sirvió nuevamente la misma cantidad, al tiempo que agradecía que los chicos estuvieran en la escuela.
Se sentó en el sillón de un cuerpo del rincón, junto a la biblioteca, con la mirada fija en el vaso… dos, cinco, diez minutos?... Finalmente levantó la vista, y recorrió la habitación con la mirada. Donde posara los ojos, veía alguna foto. Sobre el hogar y el modular había varios portarretratos, y en una de las paredes colgaba un grupo de cuadritos de diferentes tamaños. Mudos testimonios de épocas que habían sido felices, y que por los chicos aún no se atrevía a desmantelar. Las imágenes atrajeron los recuerdos. Los momentos importantes de los últimos doce años se agolparon desordenadamente en su cabeza. Se vio vestida de novia, recorriendo el eterno pasillo de la iglesia, y a Carlos esperándola junto al altar; y por un instante volvió a sentir los nervios y la felicidad de ese momento. Sólo por un instante, ya que a esa imagen se superpuso la de Claudia, la secretaria de la empresa con la que Carlos había tenido una historia (según él, sólo un flirteo) cinco años atrás, justo mientras ella le cambiaba pañales a Lucio, y hacía la adaptación al jardín con Martina… Se vio en sala de preparto, bromeando y riendo con Carlos, relajados, felices, esperando la llegada de su primer bebé. Y otra vez, tres años después, igual de relajados pero ya no tan felices, cuando llegó el segundo. Recordó las discusiones que surgieron con el agobio de la rutina, los malos tonos, los reproches, los gritos. Y recordó también cuánto la había apoyado Carlos cuando murió su padre, y cómo lo contuvo ella cuando un cáncer fulminante le arrebató a su único hermano. Las crisis económicas, y de las otras que habían atravesado. Y finalmente, un año atrás, la gran crisis. Esa de la que no supieron salir.
Repasó todo su matrimonio, reviviendo alegrías, temores, broncas y dolores, siempre con una terrible melancolía de fondo…
Se habían casado realmente enamorados, creyendo que era para toda la vida. Aún le costaba comprender por qué las cosas habían salido tan mal. En la repartija de culpas, ella ponía tantos para los dos, pero eso no le servía para ahuyentar el dolor, y la profunda decepción que sentía. De él, de ella misma, de la vida en pareja, de la rutina… Al final, tenía razón ese colega suyo que una vez, hacía años, le había dicho que lo único bueno del matrimonio son los hijos…
De pronto los recuerdos se desvanecieron, y sólo quedó esa espantosa sensación de fracaso, la misma que había aflorado minutos atrás cuando, al teléfono, escuchó a su abogado decir que finalmente había salido la sentencia de divorcio.
Cayó una lágrima, y luego otra, y otra…hasta que un torrente de lágrimas y sollozos se abrió paso entre sus emociones. Lloró por ella, por Carlos, por Lucio y Martina, por los sueños truncos, por la casa que ahora se le antojaba tan grande, por el pobre perro que extrañaba a su dueño, por las fotos que ya era hora de sacar… lloró y lloró hasta que ya no tuvo lágrimas.
Entonces se levantó. Y tras pasar por el baño a refrescarse un poco la cara, se dirigió a la cocina. Era hora de preparar el almuerzo para sus hijos que, como siempre, llegarían famélicos del colegio.












