lunes 2 de noviembre de 2009

El duelo final (reflote)


Cuando Ana cortó el teléfono, le temblaban las manos, y la angustia le había dado vuelta el estómago.
Necesitaba algo fuerte. Se dirigió a la mini barra que tenía en el living provista con un buen surtido de bebidas que, de un tiempo a esta parte, rara vez se tocaban. Recorrió las botellas con los dedos, preguntándose qué tomar…hasta que finalmente se decidió por el vodka. - Son las 10.30 hs, mejor tomo algo que no deje mucho olor – pensó, mientras servía un tercio del vaso. Lo tomó casi de un sorbo, y sirvió nuevamente la misma cantidad, al tiempo que agradecía que los chicos estuvieran en la escuela.
Se sentó en el sillón de un cuerpo del rincón, junto a la biblioteca, con la mirada fija en el vaso… dos, cinco, diez minutos?... Finalmente levantó la vista, y recorrió la habitación con la mirada. Donde posara los ojos, veía alguna foto. Sobre el hogar y el modular había varios portarretratos, y en una de las paredes colgaba un grupo de cuadritos de diferentes tamaños. Mudos testimonios de épocas que habían sido felices, y que por los chicos aún no se atrevía a desmantelar. Las imágenes atrajeron los recuerdos. Los momentos importantes de los últimos doce años se agolparon desordenadamente en su cabeza. Se vio vestida de novia, recorriendo el eterno pasillo de la iglesia, y a Carlos esperándola junto al altar; y por un instante volvió a sentir los nervios y la felicidad de ese momento. Sólo por un instante, ya que a esa imagen se superpuso la de Claudia, la secretaria de la empresa con la que Carlos había tenido una historia (según él, sólo un flirteo) cinco años atrás, justo mientras ella le cambiaba pañales a Lucio, y hacía la adaptación al jardín con Martina… Se vio en sala de preparto, bromeando y riendo con Carlos, relajados, felices, esperando la llegada de su primer bebé. Y otra vez, tres años después, igual de relajados pero ya no tan felices, cuando llegó el segundo. Recordó las discusiones que surgieron con el agobio de la rutina, los malos tonos, los reproches, los gritos. Y recordó también cuánto la había apoyado Carlos cuando murió su padre, y cómo lo contuvo ella cuando un cáncer fulminante le arrebató a su único hermano. Las crisis económicas, y de las otras que habían atravesado. Y finalmente, un año atrás, la gran crisis. Esa de la que no supieron salir.
Repasó todo su matrimonio, reviviendo alegrías, temores, broncas y dolores, siempre con una terrible melancolía de fondo…
Se habían casado realmente enamorados, creyendo que era para toda la vida. Aún le costaba comprender por qué las cosas habían salido tan mal. En la repartija de culpas, ella ponía tantos para los dos, pero eso no le servía para ahuyentar el dolor, y la profunda decepción que sentía. De él, de ella misma, de la vida en pareja, de la rutina… Al final, tenía razón ese colega suyo que una vez, hacía años, le había dicho que lo único bueno del matrimonio son los hijos…
De pronto los recuerdos se desvanecieron, y sólo quedó esa espantosa sensación de fracaso, la misma que había aflorado minutos atrás cuando, al teléfono, escuchó a su abogado decir que finalmente había salido la sentencia de divorcio.
Cayó una lágrima, y luego otra, y otra…hasta que un torrente de lágrimas y sollozos se abrió paso entre sus emociones. Lloró por ella, por Carlos, por Lucio y Martina, por los sueños truncos, por la casa que ahora se le antojaba tan grande, por el pobre perro que extrañaba a su dueño, por las fotos que ya era hora de sacar… lloró y lloró hasta que ya no tuvo lágrimas.

Entonces se levantó. Y tras pasar por el baño a refrescarse un poco la cara, se dirigió a la cocina. Era hora de preparar el almuerzo para sus hijos que, como siempre, llegarían famélicos del colegio.

martes 13 de octubre de 2009

Me basta



No te preguntaré cuánto me quieres

ni te pediré todas tus horas

ni querré escuchar palabras dulces.


No querré saber todos tus secretos

ni querré ser parte de todos tus proyectos

tampoco que jures amor eterno…


Me basta ver la entrega en tu mirada

y ver que buscas mis manos

saber que me piensas por momentos

y estar en uno de tus sueños.



lunes 5 de octubre de 2009

Y después...la vida


Clara llegó a casa el 5 de noviembre del año pasado. La encontró el único hombre de la casa en la puerta de la casa de mi mamá (sí igual que Luna) una fría noche de lluvia torrencial. Realmente era muy muy pequeña, estaba empapada, temblaba de frío y miedo, y era una sola pulga la pobre. A él, que nunca fue amigo de los gatos, le dio pena y la levantó. Imaginen mi sorpresa cuando bajé a abrirle y me encontré con la imagen de mi hombre sosteniendo en sus brazos un gatito!!
Subió con nosotros. Como tenía pulgas la llevamos al veterinario de la otra cuadra, por cuidar a la nena la desparasitamos...y vieron cómo son estas cosas, la trajimos a casa, por el camino la bautizamos...y acá está.
Lo cierto es que yo no me encariñé mucho con ella. Quizás porque llegó en un momento muy especial de la otra, que comenzaba a deteriorarse a paso lento pero firme, y encima en su necesidad de encontrar una mamá, y su afán de jugar, fastidiaba mucho a Luna, lo que provocó su rápido destierro a los dominios de la perra.
Se hicieron muy amigas. Nunca había visto a un gato y un perro jugar así. Todo el día corriendo, saltando una sobre otra, la perra arrastrándola de la cola, y ella sopapeándole el hocico... Creciendo así, Clara se hizo medio salvajona, y poco afecta a los mimos.
Hace un par de meses, cursando su primer celo, se perdió una noche en los tejados, y volvió preñada.
El viernes a las 15 hs comenzó su trabajo de parto. Yo me quedé a su lado, vigilando, por si había alguna complicación. A las 16.15 habían nacido los dos primeros gatitos, y a las 18 llegaron los otros dos.
Y no sé si es el milagro de la vida abriéndose paso, o que estoy cuanto más grande más boluda, me conmoví hasta los tuétanos, y verla parir y cuidar a esos bebés con tanta delicadeza y esmero despertó en mí la ternura que antes no había sentido.
Así que acá estoy, feliz con la mamá y los bebitos, con las nenas revolucionadas por este milagrito que descansa bajo el escritorio de la compu (he ahí el por qué estaré, por unos días, más alejada que nunca de la blogósfera: prendemos la pc lo menos posible para no importunar a la feliz familia que necesita descansar, sepan disculpar ;)

En fin, dado que en su momento compartí con ustedes la profunda tristeza de una despedida, creí más que justo participarlos también de la alegría por las nuevas llegadas.



Y más cuando son taaaaaan monas!!!

viernes 18 de septiembre de 2009

Literalidad



El otro día, luego de despachar a quien había tocado el timbre, entré en la habitación de las nenas, y mientras ayudaba a la de 4 a quitarse el uniforme del jardín, se dio esta conversación:

Yo (entrando): - Qué vergüenza...
La de 10: - Por qué, qué pasó? Quién era?
Yo: - El cobrador de xxxx, le había dicho que viniera hoy y no tenía plata.
La de 10: - Pero para qué le decís que venga si no le vas pagar?
Yo (si todo fuera tan simple... no?): - No es que no le voy a pagar, es que vino un par de veces y me encontró sin plata, quedamos que venía hoy y me olvidé...
La de 10: - Uhhh...y ahora qué pasa?
Yo: - Nada, no hay problema, viene otro día. Tiene una onda bárbara, pero a mí me dio vergüenza igual, porque ya lo pateé tres veces...
La de 4 (con enoooormes ojos de asombro): - Lo pateaste???



martes 8 de septiembre de 2009

Mi amiga



La doctora:
(con asombro, al descubrir mediante análisis un evidente problema de tiroides) Pero vos no te diste cuenta de que estabas engordando, no notaste que la piel te cambiaba, que tenías el pelo más pajoso????


M: (de 38 años) Síii, pero pensé que me estaba poniendo vieja nomás, jajajaj!!!


lunes 31 de agosto de 2009

Fin de semana



Los que no tenemos la suerte de transitar esta vida con cierta holgura económica, solemos vivir a las corridas. Corridas físicas y mentales…
Las físicas porque hay que ordenar, lavar, planchar, cocinar, limpiar, buscar a los chicos en la escuela, llevarlos a otras actividades… y siempre dependiendo del transporte público o, en el mejor de los casos, de un auto al que no podemos hacerle todos los arreglos que necesita, por lo que a veces se le ocurre no andar. Las mentales son las cuentas permanentes, sumas, restas, multiplicaciones y divisiones: las que hacemos al ir metiendo productos en el carrito del súper, o en el canasto de los chinos de la otra cuadra, las que usamos para calcular si este mes en el que hay que pagar los dos viajes de la escuela podremos comprarle a la mayor las remeras que necesita, o cambiarle las cubiertas al auto, o ir por fin a la peluquería a retocar esos reflejos, o renovar el stock de medias familiar que ya da pena…o todo, o nada de esto.
Y entre tanta corrida, en medio de esta locura de vivir tirando para adelante para tratar de estar mejor, uno a veces cae en la tentación de quejarse y renegar, y corre el peligro de olvidar cuánto disfruta las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Esas pequeñas adoradas imágenes que nos regala la familia que construimos, y que no hay crisis económica que las destruya, ni plata que las compre cuando no están. Para muestra, basta un fin de semana:

Sábado a mediodía, el único hombre de la casa y yo salimos a comprar unas cosas en los chinos de la otra cuadra. (Adentro de casa quedan la de 12, la de 10, la de 4 , la perra, y la gata)
El, luego de cerrar la puerta, hace el ademán de arrojar la llave bien lejos, y salir corriendo. Los dos reímos como chicos.

La de 12 lanzándose a jugar a los manotazos y empujones con su padre, para decirme cinco minutos después, indignada: Ju, mirá lo que me haceeee, es un brutoooo!

Cómo andás Ju? Pregunta una amiga por teléfono.
Cansada de ser pobre! -Le contesto- Quiero una mina que me limpie la casa y me planche la ropa! Quiero disfrutar mientras puedaaaa! Y las dos soltamos una carcajada.

La de 4, con tono dulce y acariciando suavemente a nuestra gata: Clariiiita, vas a ser mamaáaa!


La perra, que aprovecha cada vez que por un descuido la puerta de la cocina queda abierta para colar el hocico por la hendija y soltar su pelota adentro, invitando a quien sea a jugar con ella en el jardín.


La de 10 dibujando un castillo lleno de telarañas como parte de la tarea de Lengua en la que debía elegir una poesía y luego ilustrarla (ella eligió Los Castillos, de M. E. Walsh)


La futura mamá que se cuela por las ventanas a dormir la siesta en la cama de alguna de las nenas cuando el hombre de la casa no está. Y cuando éste llega, huye despavorida antes de que la echen.


Salir de compras una tarde de Sábado porque se avecina la fiesta de 15 de la hija de unos amigos, y todos necesitamos ropa. La cara de hastío del hombre de la casa luego de mirar quichicientos vestidos, y que todos le parezcan iguales.


Almorzar "en cuotas" el domingo porque vinieron los abuelos a comer un asado, pero tenemos que interrumpir porque la de 4 tiene un cumpleaños a las 14.30 hs, y en la loma.


Domingo a la tardecita, luego de buscar a la de 4 en el cumple y llevar a los abuelos a su casa: Perseguir a las chicas para que ordenen algo al menos en su pieza (que parece Kosovo después de un bombardeo) antes de bañarse, planchar tres uniformes y una camisa, preparar algo livianito para cenar, lavar la ropa que se ensució durante el fin de semana, colgarla, entrar doblar y guardar la ropa que estaba colgada afuera, controlar que estén hechas las tareas, firmadas las notas, etc., etc.…


Domingo a la noche: El hombre de la casa y yo nos refugiamos en nuestro cuarto a conversar cuando todas duermen. Los dos exhaustos. Los dos sin ganas más que de dormir. El me mira y dice: Qué vamos a hacer??? Tenemos que pensar seriamente en irnos los dos a la c…de su m…!
Y de nuevo reímos como chicos.


jueves 20 de agosto de 2009

La razón

miércoles 5 de agosto de 2009

Maldita vejez (Reflote)


Parada justo frente a la puerta, Inés dudaba si avanzar, o dar media vuelta y emprender el camino de regreso a casa.
Sentimientos encontrados peleaban por aflorar, imágenes confusas, reproches, justificaciones…Toda su vida había dicho que ella jamás haría algo así, que le parecía frio, desamorado, inhumano. Sin embargo, allí estaba, intentando superar prejuicios y culpas para poder entrar.
De pronto, las imágenes se sucedieron, como en una película: El día en que, un año atrás, se había llevado a Ana, su madre, a vivir a casa con ella y su familia. La felicidad que sentía por poder cuidarla y atenderla, devolviéndole parte de lo que siempre había recibido. Las risas, los mimos, los momentos compartidos, el deterioro, las discusiones, los enfrentamientos con su marido y los chicos…
Inés seguía petrificada frente a la puerta, dificultando incluso el paso a los ocasionales transeúntes. Las imágenes seguían pasando: ella levantándose varias veces en la noche para ver como estaba Mamá, ella soportando el televisor a un volumen imposible la mayor parte del día, ella calmando a los chicos cuando se quejaban "la abuela esto, la abuela aquello", ella siempre mediando en los conflictos.
Qué difícil se había vuelto todo! Mamá estaba cada vez más sorda, más olvidadiza, más demandante. Se había convertido en una persona quejosa e hiriente. "Decime nena, cómo Andrés no te avisa si no viene a almorzar?" "Este mueble tiene tierra." "Cómo que Jimena sale a bailar, si sólo tiene catorce!?" "Así vestida vas a ir al super?". Nada se salvaba de esa lengua, que fuera alguna vez tan dulce como ahora filosa. Eso, cuando no se desorientaba y de pronto parecía no saber muy bien dónde estaba o con quien estaba hablando…
Lo más doloroso era que en su mirada cada vez se adivinaba menos la fantástica mujer que había sido de joven.
Inés ponía toda su voluntad, pero no alcanzaba. Ya no se animaba a dejarla sola. Cada vez le absorbía más tiempo, y le dificultaba ocuparse de todo lo demás. Los chicos esquivaban a la abuela siempre que podían, y su marido le reclamaba más atención.
Desde hacía un par de meses, en ese hogar que siempre había sido un canto a la armonía, todos estaban irritables, de mal humor. El más mínimo roce daba pie a feroces discusiones. Y a la pobre Ana ya nadie le tenía paciencia. Inés sabía que este era un punto sin retorno, y que las cosas irían de mal en peor. La convivencia se había vuelto francamente insostenible.
Aun así, se le estrujaba el alma cada vez que pensaba en resolverlo. No podía con la culpa, con el miedo a que su madre se sintiera abandonada, a leer tristeza en sus ojos, y sobre todo, no podía dejar de pensar que el día que ya no estuviera, se reprocharía a diario no haber encontrado una solución mejor.
Pero de veras no podía más. Se le habían agotado las fuerzas, hacía demasiado tiempo ya que no tenía un sólo momento de paz. Y cada vez con más frecuencia se descubría llorando su impotencia en la soledad del lavadero, la cocina, o el baño…
Tal vez en un tiempo se lamentaría con toda su alma por lo que estaba a punto de hacer, pero en este momento realmente sentía que era la única solución posible para que todos estuvieran mejor.
Inés sacó de su cartera un pañuelo y un espejo. Se enjugó las lágrimas, retiró con el pañuelo el rímel que chorreaba sus mejillas, y acomodó un par de mechones de su dorado cabello.
Respiró hondo y, con paso que intentaba ser firme, cruzó la puerta de la oficina de admisiones del geriátrico "Puesta del Sol".

viernes 24 de julio de 2009

Simple



La de cuatro
(hasta hace diez días la de tres):



"No estés tan triste mami, ya te vas a poner viejita vos también, y te vas a ir al cielo, y le vas a poder hacer muchos mimitos a Luni"


jueves 16 de julio de 2009

Luna

Anoche se murió mi gatita. La misma que encontré acurrucada al pie de uno de los escalones de la entrada de la casa de mi mamá (que entonces era también mi casa) en la madrugada del 10 de junio, hace dieciséis años. La que por años durmió conmigo en mi cama, y descansó en mi regazo cuando yo leía o miraba tele en el living. La que se acostaba sobre los apuntes velando mis noches de estudio en la cocina. La que sobrevivió milagrosamente a una operación por obstrucción intestinal. La que llevé conmigo cuando me fui a vivir sola, y por casi siete años fue mi única compañía. La que me daba siempre la bienvenida cuando volvía de trabajar. La que cuando me veía llorar se pegaba a mi y apoyaba su nariz sobre mis lágrimas, como si quisiera beberse mi tristeza.
Esa que era tan especial que mi madre siempre decía "Esa no es una gata, es alguien que vino a cuidarte".
Esa que se mudó conmigo para acompañarme en la nueva vida que empezaba, junto a ese combo de marido+doshijas, y se vio relegada de un día para otro del lugar de reina absoluta de la casa a gata nomás, por lo que anduvo resentida un tiempo; y encima cuando lograba reponerse de ese golpe al ego, soportó la llegada de una bebé (a la que después adoró, por supuesto). Esa que cuando nos mudamos a esta casa con lindo jardín conoció otra cara de la felicidad, pero cuando llegó la perra, la miró con ojos fastidiados que parecían decir "qué más me van a traer?"
La que hace un año se escapó para explorar nuevos tejados. La que encontramos cuatro días después en estado de shock y con una pata rota que no sanó bien. La que ya nunca fue la misma.

Dicen que los gatos tienen siete vidas. Ella conmigo gastó cuatro. Creo yo, bien vividas.
Se murió en mis brazos, mientras la llenaba de caricias, le agradecía tantos años de cariño, y le pedía perdón por todos los mimos que no le di.
La enterramos en nuestro jardín.
Se llevó con ella su pelotita… y dieciséis años de historias.